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Thursday, August 21st, 2008 | |||
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| COCHENGO
MIRANDA: un encuentro en el desierto pampeano Susana Mulé |
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Sin ninguna duda, viajar al
desierto del Oeste Pampeano y conocer a Maruca y Cochengo Miranda, fue
para mí la experiencia más importante en mis 20 años de
hacer fotografía profesional.
Mi amigo Jorge Prelorán
-realizador de cine documental antropológico- filmó un largometraje
sobre Don Cochengo allá por los años '70.
En 1986 me propuso viajar a
La Pampa para pasar unos días en El Boitano y fotografiar a Don
Cochengo y Maruca en su ambiente, porque tenía intención de publicar
un libro con las décimas que ha escrito este entrañable hombre. Hice
las gestiones y conseguí mediante instituciones oficiales los medios
para viajar a tan remoto lugar que incluía una camioneta de Vialidad
Provincial para trasladarme hasta Santa Isabel. Para ubicarlos
geográficamente debo decir que se cruza el país de Este a Oeste y
que el solitario paraje se encuentra donde se junta el Sur de Mendoza
con
el Oeste de La Pampa, en el límite donde comienza la Patagonia.
El chofer resultó ser un
simpático joven que se mostró bastante sorprendido que una mujer
sola con su equipo fotográfico se largara a aquellas lejanas tierras.
A medida que avanzábamos
por el desierto pampeano la vegetación se hacía más baja
y espinosa y la tierra fina y blanca se metía por los resquicios que permitían los vidrios cerrados.
A media tarde, bajo un sol
abrasador, nos detuvimos en el polvoriento camino para abrir una
tranquera. Muy diligentemente ofrecí mi ayuda para mantenerla abierta
mientras él la trasponía. Observé una sonrisita socarrona pero
aceptó agradeciendo. Cuando bajé, una nube de jejenes me asaltó. Yo
tengo pánico a los bichos que pican. Volví volando a la camioneta
para untarme con repelente para mosquitos, despertando así la
hilaridad de mi guía quien me aseguró que el ungüento era
condimento para los bichitos. A partir de ese momento todo fueron
bromas acerca de mi condición de porteña.
Cuando llegamos a El
Boitano y salieron a recibirme Maruca y Cochengo, inmediatamente se
estableció una fuerte corriente de simpatía y afecto.
Estuve apenas 4 días pero
el tiempo perdió dimensión.
El guía de Vialidad se
volvió a Santa Rosa y quedó en volver a buscarme pues yo tenía
reservado mi pasaje de avión a Buenos Aires.
Enseguida me adapté al
ritmo de vida de ellos. Nos levantábamos a las 7, tomábamos mate y
luego Don Cochengo salía a trabajar con los animales. Yo lo seguía
con mi cámara, lo espiaba, lo registraba, él no se inmutaba. Tenía
como un orgullo de "ser" dentro de una gran humildad. La
humildad que emana de los grandes hombres
"Soy el eco de la tierra y el canto de la independencia, soy de aquella descendencia de criollos que no se aferran, de esos que sin hacer guerra ven las fronteras abiertas y en esta pampa desierta donde no avanza la ciencia nacen hombres de conciencia con la frente descubierta".
En la serenidad del
atardecer y con el pausado ritmo que impone la grandeza de la
naturaleza, nos sentábamos bajo el alero a charlar y tomar mate.
Maruca ya había mojado la tierra y el jardín que a pesar de la sequía
de casi un año sin llluvias y gracias a sus cuidados daba algunas débiles
verduras y también sus flores. Los dos perros y el gato se echaban
cerca. Traía la cámara y fotografiaba. Horizonte plano, raso, sólo
hacia el oeste las cumbres de la precordillera. Silencio... sólo
interrumpido por las astas del molino que giran, algunos mugidos... y
la voz de Cochengo... sus recuerdos... Sus abuelos habían vivido en
el Fortín de Malargüe y fueron quemados vivos por los indios. Se
acuerda del río Atuel -que después de un largo conflicto
interprovincial que ganó Mendoza- se secó convirtiéndose en
desierto lo había sido un vergel. Esto fue allá por el '19. Dice:
"En aquellos tiempos dijeron de hacer un dique en el Valle Grande, que es un dique muy grande en los cerros de San Rafael para arriba, no? en Mendoza. Qué maravilla! Ese es un mar!.. después, más después, hicieron el Nihuil, que es un gran emabalse que no me canso de ponderar... Y así se secó el río Atuel. Aquellos años no olvido, eran tan lindos y hermosos, mis viejos eran dichosos por los logros producidos, los campos eran floridos por las lluvias que abundaban, los puesteros prosperaban, Pero al transcurrir del tiempo Dios castigó para ejemplo y los bienes terminaron".
Cuando oscurecía se prendían
los "sol de noche" y mientras Maruca cocinaba Don Cochengo
seguía contando anécdotas, yo lo grababa y cámara en mano seguía
sus gestos, su mirada, pero debo reconocer que muchas veces no me
atreví a apretar el disparador. Sentía que no podía violar esa
intimidad. Seguramente me perdí grandes fotos pero la vivencia superó
cualquier expectativa... fue como cuando se es niño y todo es
descubrimiento.
Han pasado muchos años, el
libro no se publicó aún. Y don Cochengo ya lamentablemente no
lo verá. Decía:
"Nosotros los
pobres no olvidamos nuestras costumbres y creo que no se olvidarán,
los criollos no olvidan. Porque si ese trabajo existió de muy muchos
años atrás, no puede terminar nunca... jamás! Mientras existan
criollos. Ahora cuando ya... esté dominado el país por los gringos,
será otra cosa, no?... cambiará... Pero mientras habíamos criollos,
quien sabe si vamos a dar todavía lugar... porque vamos a luchar
hasta lejos, a combatir esas cosas por nuestras tradiciones".
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| "COCHENGO
MIRANDA, a meeting in the pampanean desert" Susana Mulé |
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No
doubt that traveling to the West Pampean desert and meeting Maruca and
Cochengo Miranda, has been one of the most exciting experience of
my professional life as a photographer.
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